Del PRI se dijo siempre en sus buenos malos tiempos
que no era un partido político, sino una agencia de colocaciones.

Lo mismo se puede decir hoy de todos los partidos.

Sin excepción son trampolines desde los cuales se hace el salto a las invitadoras aguas de la nómina.

Le preguntaron a un político:
"¿Por qué te pasaste del PRI al PRD?".
Con la mayor frescura respondió: "Porque en el PRI la fila estaba muy larga".

En la vida política de México la ideología es ahora un artículo tan raro y tan desconocido como la decencia.

El único norte de la mayoría de los políticos es el presupuesto público.

Por eso los vemos saltar de uno a otro partido con la naturalidad de los micos que pasan de una rama a la siguiente.

En tiempos de las guerras de Independencia se llamaba "chaqueta" al partidario de los realistas.

Cuando triunfó el movimiento emancipador, quienes apenas un día antes gritaban vivas al rey de España vitorearon a Iturbide en su desfile triunfal al frente del ejército trigarante.

En menos que se persigna un cura loco cambiaron de chaqueta.

De ahí quizá deriva el adjetivo "chaquetero", que se aplica a quien por conveniencia cambia de bando o de opinión.

De chaqueteros -y chaqueteras- está llena nuestra escena pública.

Eso es malo, y peor es que de nuestros bolsillos sale para pagar el alto costo de ésa comedia y ésos comediantes.